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El transporte que la ciudad ya tiene: cómo integrar lo que funciona sin romper lo que sostiene a millones

Cada mañana, millones de personas en la Ciudad de México suben a una combi, un pesero, un mototaxi o una vagoneta que no aparece en ningún mapa oficial, pero que los lleva donde el Metro y el Metrobús no llegan. Esos servicios nacieron en los barrios para cubrir huecos que los sistemas formales dejaron abiertos. Funcionan, son flexibles, están cerca de la gente —y también arrastran problemas de mantenimiento, seguridad, emisiones y condiciones laborales que las autoridades llevan años sin poder regular del todo.

La quinta sesión del Programa Ejecutivo “Fundamentos del Transporte Público para Autoridades”, organizada por la UITP y la AMTM con apoyo del BID y el Banco Mundial, puso ese rompecabezas sobre la mesa. Fernanda Rivera, de la Global Network for Popular Transportation, lo dijo claro: lo primero es saber qué pasa de verdad en la calle. Los estudios de campo han encontrado rutas que llevan años operando distinto a lo que dicen los papeles; sin esa radiografía real —unidades, recorridos, horarios, demanda— cualquier plan sale cojo.

El segundo nudo son los operadores. Décadas de concesiones individuales, liderazgos territoriales y competencias entre rutas crearon una red de intereses que no se desarma con un decreto. La experiencia muestra que esas mismas rutas pueden terminar en una empresa integrada con GPS, patios, conductores formales y vehículos nuevos, pero la transición pide financiamiento, bonos de chatarrización, capacitación y, sobre todo, tiempo y presencia en el territorio para construir confianza.

El tercer eslabón es el usuario. Detalles que para un planificador son menores —bajar donde necesitas, subir con la compra o el niño en brazos— definen si el servicio sirve o no a quien hace viajes de cuidado. Escuchar esa experiencia cambia el diseño.

La prueba de que se puede viene de Brasil. En la Región Metropolitana de Grande Vitória, siete municipios armaron una autoridad metropolitana, integraron tarifa y flota, pusieron tecnología de pago y tiempo real, y enlazaron autobuses, lanchas, ciclovías y terminales bajo una sola lógica. Fábio Damasceno, secretario de Movilidad de Espírito Santo, advierte: la clave no es la tecnología ni los corredores, es la continuidad institucional. Una política de Estado que sobreviva a los cambios de gobierno.

El reto, coinciden los especialistas, no es borrar lo que surgió del territorio, sino entenderlo, mejorarlo, profesionalizarlo y tejerlo en una red única, accesible y eficiente. La siguiente sesión del programa abordará la cultura del transporte y la apropiación ciudadana: la última pieza para que el sistema no solo funcione, sino que la gente lo sienta propio.