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Electromovilidad, la ruta que deberá tomar la industria ante el COVID-19

Con el paso de la contingencia por COVID-19, son varios los aspectos de nuestra vida que se han visto modificados. Desde el cómo trabajamos, cómo convivimos y por supuesto, cómo nos movemos.

Si bien durante cerca de nueve meses, la movilidad se ha visto afectada y la industria en general ha tenido un fuerte impacto, este periodo ha sido sólo una señal de aquello que deberá cambiar y que poco a poco debemos empezar a hacerlo.

De acuerdo con Juan Carlos Abascal, director de Soluciones de Movilidad Latam en MOBILITY ADO, “la movilidad y los nuevos hábitos de los usuarios han de adaptarse a esta llamada ‘Nueva Normalidad’, cuyos requerimientos nos exigen girar la vista no sólo hacia la sanitización e higiene, sino también a nuevos modos de transporte que permitan mejorar la calidad de vida de las personas de forma integral”.

Una de las principales opciones, de las más viables y cercanas es la electromovilidad, una tendencia que lleva ya unos años en el mercado pero que hoy nos hace repensarla como una necesidad incipiente, principalmente, en las poblaciones urbanas.

De una opción a una responsabilidad

Numerosos estudios se han realizado acerca de la relación entre la probabilidad de contagio y los síntomas del COVID-19 con la contaminación ambiental. Uno de los primeros en llevarse a cabo fue el de la Universidad de Bourdeaux, en Francia, el que demostró que las zonas de este país con mayor contaminación eran también aquellas donde la enfermedad se esparcía con mayor facilidad. De igual forma, los pacientes de estas áreas comunmente presentaban síntomas más fuertes y necesidad de ser intubados.

Otro estudio es el de Estados Unidos, uno de los países con mayor incidencia al COVID-19, demostró que el incremento en tan sólo 1 microgramo por metro cúbico (?g/m3) de partículas en suspensión (PM2.5) resultan en un aumento de 8% en la probabilidad de muerte por COVID-19.

De acuerdo con Abascal Álvarez, “los estudios solo demuestran una cosa: evitar la contaminación y mejorar la calidad del aire ya no es opcional; se ha convertido en una obligación de todos los actores en la industria de la movilidad”.

Según cifras del Banco Mundial, esta industria a la que hace referencia Abascal, que incluye el transporte de personas y mercancías, genera el 23% del total de las emisiones de CO2 por combustibles fósiles, lo que se traduce en el 15% de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial.

Ante ello, la electromovilidad es una de las opciones que, ejecutada correctamente, permite contar con medios de transporte más sustentables y sostenibles. La diversidad de medios de transporte derivados de la electromovilidad sólo serán efectivos si los insumos y la infraestructura relacionados a éstos son adecuados y obedecen a un modelo sostenible.

Es decir, desde la fabricación de los vehículos, bicicletas, tranvías o autobuses, hasta la energía que utilicen en el día a día, tenga un tratamiento desde un enfoque autosostenible. Tal es el caso, por ejemplo, de países como Costa Rica o Uruguay, donde alrededor del 95% de la energía eléctrica proviene de fuentes renovables (plantas hidroeléctricas, eólicas, geotérmicas o solares).

Aquellos que ya tomaron la ruta correcta

Chile se ha convertido en uno de los principales representantes de la electromovilidad en el continente, con medidas no sólo aplicables al transporte público sino también a la infraestructura urbana. Algunas de las acciones que han llevado a cabo son la incorporación de 200 autobuses eléctricos al sistema Transantiago, así como estaciones de carga pública para vehículos eléctricos en la capital.

Otro país es Colombia, que desde 2012 y a través de la llamada ‘Estrategia Colombiana de Desarrollo Bajo en Carbono’ consideró la electrificación del transporte público como una prioridad en beneficio de la calidad del aire en las grandes urbes, sobre todo, de Bogotá. Este año se introdujo la primer flota de taxis eléctricos en América Latina, adicional a diversos apoyos fiscales del país para la compra de vehículos operados por electricidad.

Si bien aún hay pasos importantes, la Ciudad de México inició la electrificación de la movilidad en 2015, donde lanzó el programa piloto Taxi Cero Emisiones, los cuáles han evitado cerca de 22 toneladas de CO2. Durante 2020 y en conjunto con actores de la iniciativa privada como Engie y MOBILITY ADO, se introdujo el primer autobús articulado 100% eléctrico para ser operado en la línea 3 del Metrobús. Esta iniciativa podría evitar, en 10 años, la emisión de 1,300 toneladas de carbono.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), si 22 de las ciudades más importantes de América Latina sustituyeran sus flotillas de autobuses y taxis por una opción eléctrica, el impacto económico y ambiental 2030 sería por demás representativo.

“Gobiernos, empresas e individuos debemos repensar cómo nos movemos diariamente. Hoy nos damos cuenta que la falta de cuidado del medio ambiente no es sólo algo que sufrirán generaciones por venir, sino algo que es cada vez más plausible y que tiene la capacidad de afectar la salud de la población de forma masiva”, concluyó Juan Carlos Abascal.